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Cómo dos hermanas encontraron un lugar al que pertenecer

Cuando las hermanas María, de 6 años, y Jennifer, de 4, llegaron a nuestro hogar infantil, no tenían ni idea de lo drásticamente que sus vidas estaban a punto de cambiar. Habían pasado años durmiendo en un suelo de tierra con su madre, con poco más que una delgada manta entre ellas y el frío suelo. Muchas noches se acostaban con hambre, y en los días más difíciles, su madre les decía que fingieran que la tierra era comida para que pudieran comer y calmar el dolor de estómago. Además del hambre y el acceso limitado a las necesidades básicas, también tuvieron que soportar ver a su madre lidiar con problemas de abuso y adicción. Con frecuencia presenciaban cómo sus novios la perseguían y la golpeaban durante ataques de ira. Finalmente, los vecinos denunciaron su situación de peligro y las autoridades las sacaron del hogar y las llevaron al Hogar Infantil The Blessing.


Llegaron en pijama; sin maleta, sin su juguete favorito, sin ropa de recambio, solo con el corazón lleno de tristeza y miedo. Por primera vez, cada niña tenía su propia cama limpia, pijamas nuevos, mantas calientes y una habitación donde sentirse segura. Disfrutaron de su primer baño, y tuvieron que llenar y vaciar la bañera varias veces antes de que el agua saliera limpia. A la mañana siguiente, les dieron ropa y zapatos nuevos, además de un desayuno saludable. Al principio, María y Jennifer estaban calladas e inseguras, casi como si esperaran que alguien les dijera que esta nueva vida no duraría.


Con el paso de los días, empezaron a sonreír más, a reír libremente y a descubrir lo que significaba simplemente ser niños. Comenzaron a ir a la escuela y sus maestros pronto notaron su entusiasmo por aprender. Una de las primeras cosas que María quiso aprender fue a deletrear y escribir su propio nombre. Aprendió rápidamente. Descubrió su pasión por el aprendizaje y pronto se convirtió en una de las alumnas más destacadas de su clase. De igual manera, Jennifer comenzó a expresarse y disfruta ir a la escuela y estar con sus amigos.


Empezaron a soñar con su futuro, en lugar de simplemente intentar sobrevivir un día más. Comenzaron a participar en actividades, a hacer amigos, a celebrar cumpleaños y a experimentar las sencillas alegrías de la infancia que antes solo habían sido un sueño. Y lo más importante, descubrieron que hay un Dios que los ama y que tiene un buen plan para sus vidas. Ahora tienen personas a su alrededor que los arropan en la cama, los ayudan con la tarea, celebran sus cumpleaños y les recuerdan cada día que son importantes.

Las hermanas que antes se dormían preguntándose de dónde vendría su próxima comida, ahora se duermen en sus propias camas, soñando con lo que podrían llegar a ser. Están sanando, creciendo y aprendiendo a confiar. Presenciar estos cambios ha sido milagroso; estamos ansiosos por ver qué les depara el futuro.


Todos los niños merecen un hogar seguro donde sean amados, cuidados y tengan la oportunidad de desarrollarse plenamente.


¡Por eso hacemos lo que hacemos!


(Esta es una historia real; los nombres se han cambiado para proteger a los niños).

 
 
 

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